La muerte de Dulce María Candia Beatriz, la adolescente de 17 años hallada sin vida en Eldorado, no solo conmueve por la brutalidad del hecho que hoy investiga la Justicia. También abre una profunda discusión social sobre una realidad que muchas veces permanece invisible: la de cientos de familias que sobreviven en condiciones extremas de vulnerabilidad, alejadas de las oportunidades, de la asistencia estatal y, en muchos casos, hasta de los mecanismos básicos de protección.
Mientras la investigación judicial avanza y existe una persona detenida cuya situación procesal deberá ser determinada por la Justicia, surge una pregunta inevitable que atraviesa a la comunidad misionera: ¿qué se está haciendo para evitar que ocurran hechos de esta naturaleza? ¿Cuántas señales de alerta deben acumularse para que una situación de vulnerabilidad extrema sea atendida antes de transformarse en una tragedia?
La historia de Dulce no comienza con su desaparición. Su historia se escribe en uno de los sectores más postergados de la ciudad. En el barrio Avanti, en la zona oeste de Eldorado, vive su familia en una vivienda precaria, rodeada de carencias económicas y necesidades cotidianas. Allí residen Lili Maciel, ama de casa de 42 años, junto a sus tres hijos, y Narciso Candia, trabajador informal que realiza changas para sostener a su familia.
Vecinos describen al barrio como un lugar donde el olvido parece haberse instalado hace años. Calles con escasa infraestructura, servicios deficientes, falta de oportunidades laborales y una sensación permanente de abandono forman parte de la realidad diaria de muchas familias. En ese contexto creció Dulce.
La tragedia también deja interrogantes sobre el acceso a los organismos de asistencia y protección. Según trascendió, durante los días previos a la desaparición de la joven, su madre se encontraba acompañando a su esposo, quien atravesaba problemas de salud y requería atención médica. En medio de esa situación familiar compleja, habrían intentado realizar gestiones vinculadas a la desaparición de la adolescente.
La versión conocida hasta el momento indica que la familia se dirigió inicialmente a la Comisaría de la Mujer y luego fue orientada a realizar el trámite en otra dependencia policial. También trascendió que las dificultades económicas habrían impedido trasladarse de inmediato hasta el lugar indicado. Todos estos aspectos deberán ser esclarecidos y analizados por las autoridades correspondientes, pero exponen una realidad difícil de ignorar: cuando la pobreza es extrema, incluso acceder a un colectivo puede convertirse en una barrera infranqueable.
La pregunta que surge entonces es dolorosa: ¿qué ocurre cuando una familia no tiene recursos ni siquiera para movilizarse en busca de ayuda? ¿Quién contiene a esas personas? ¿Quién detecta esas situaciones antes de que sea demasiado tarde?
El caso también vuelve a poner sobre la mesa la situación de la seguridad en distintos sectores de Eldorado. Entre el barrio Avanti y el barrio El Tucán, donde fue encontrado el cuerpo de la adolescente, existe una amplia extensión urbana que, según reclamos vecinales reiterados, presenta escasa vigilancia y limitada cobertura tecnológica. La falta de cámaras de seguridad operativas o sistemas de monitoreo efectivos ha sido motivo de preocupación en numerosas oportunidades.
Sin embargo, reducir esta tragedia únicamente a una cuestión policial sería simplificar un problema mucho más profundo. La muerte de Dulce obliga a mirar las múltiples capas de exclusión que afectan a numerosos sectores sociales. La pobreza estructural, la marginalidad, la falta de acceso a servicios básicos, las dificultades para acceder a la educación, la salud y la protección estatal forman parte de un entramado que deja a muchas familias en una situación de extrema fragilidad.
Pero existe otra discusión que excede los tribunales. Es la discusión sobre el rol del Estado, de las instituciones y de la sociedad en su conjunto frente a los sectores más vulnerables. Porque cuando una adolescente desaparece y termina siendo víctima de un crimen, la pregunta no solo apunta al autor material del hecho. También interpela a un sistema que muchas veces llega tarde o directamente no llega.
Hoy Dulce ya no está. Su familia enfrenta un dolor imposible de reparar. Sus padres, sus hermanos y sus seres queridos intentan encontrar respuestas en medio de una pérdida devastadora. Y mientras la investigación continúa, Eldorado y Misiones tienen por delante una reflexión que no debería quedar atrapada únicamente en la coyuntura.

